16.3.10

Sólo entiendes que no te diga nada.
Que te cueste tragarte mis palabras.
Que te cueste soñar en luna llena.
Que te cueste besarme a escondidas.
Que te cueste tenerme en tu guarida.
Que no quieres que rompa tu terreno.
Yo no quiero, más es lo que más quiero.
Y no digo porque no sé que es lo que pido.
Sólo sé que tu luna es mi sangre.
No me pidas que lo explique, sólo lo sé.
Sólo sé que tu luna es mi recuerdo.
Sólo lo sé, dentro de mi sangre.
Y te vas detrás de mi espalda
Dejando tu huella simiente al final de ella
Cuántas veces, cuantas lo recuerdo
Como si fuera ayer, contigo a tu lado
Contigo, pero sin tí
Mientras ella te folla cuando puede
Mientras ella te folla cuando quiere
Sin saber que en tu mente quizás estoy yo
Lo más probable es que sí, al cerrar los ojos
Imaginar es tan fácil como escapar.
Nada más, sabiendo que te siento
Que estás en mi silencio
Y yo estoy en el tuyo
Nada más
Sólo abandono al despertar
Sabiendo que estás, pero a la vez no te percibo
Es simple, es así, es que estás sin mí
Y yo sin tí
Aunque siempre unidos
Por una razón que no entiendo
Una razón que es incomprensible
Da lo mismo
A estas alturas da lo mismo
Sólo quiero estar contigo.

La receta

Sólo basta una acción a una reacción y estaríamos.
Colocar café instantáneo en agua hirviendo y sería.
Fácil.
Difícil.
No encuentro la taza y tengo el café.
Anhelo ninguno de quemarme las manos.

5.3.10

S O R D O

Cuando coloco la música fuerte, puedo poner la punta de mis pies sobre el suelo y sentir la vibración de sus ondas en el piso. La oscilación aumenta cuando coloco la planta y las ondas ya se transmiten a todo mi cuerpo si el pie está totalmente apoyado. Una vez que he colocado los dos pies, suelo quedarme así, estando de preferencia sentada, palpitando cada rincón de mi cuerpo totalmente poseído por el ritmo.

El día del terremoto, sábado 27 de Febrero de 2010, a la fatídica hora de las 3:34 estaba plácidamente durmiendo en mi cama. Tapada hasta arriba de la cabeza con un plumón un tanto caluroso para una noche de verano. Tenía las rodillas dobladas y el cuerpo vuelto hacia la pared. No había tenido sueños ni pesadillas. Simplemente mi cuerpo y mi mente descansaban. En un lugar placentero lejos de aquí. Extrañaba las vacaciones y antes de dormir me imaginé regresando a las idílicas playas de Cancún. Mi habitación está al final del segundo piso de la casa de mis padres. Lejos de la escalera y los baños. De pronto, debe haber sido antes del sismo propiamente tal, sentí un pequeño remezón en mi cuerpo, pero no presté atención, porque suelen sucederme ese tipo de cosas debido a mi sensibilidad extrema. Me acurruqué y continué durmiendo. El pequeño remezón volvió otra vez, con un poco más de fuerza. Yo insistí en mi profundo poder de imaginación.

Sin embargo, con el correr de los segundos movimiento que supuestamente estaba en mi mente fue aumentando. “Ya, no pesques” me dije a mí misma, confiada en que era el comienzo de un mal sueño. No obstante, las resonancias fueron creciendo, ya que mi cuerpo comenzaba a moverse por sí mismo con una fuerza que no conocía, una fuerza convulsiva que cada vez se hacía más potente, e inundaba mi piel, mi pelo, mis pies, mis manos, mi estómago, mis rodillas, mis pantorrillas, mis músculos, todo mi cuerpo inundado por una sacudida cada vez más desagradable que se prolongó hasta que me levanté de la cama y me coloqué bajo el portal de la puerta de mi pieza y grité con toda la potencia, que no bastó para escucharme, pero aún así sentí la fuerza de mi sonido subiendo por la garganta, saliendo por mi boca, mientras debajo de mis pies la tierra rugía, se movía, ondeaba, ondulaba, crepitaba, vomitaba, se enojaba, saltaba, se enrabiaba y yo, ahí, en el umbral de la oscuridad, en silencio dentro de mí, cerré los ojos, procuré llamar la calma, pero la tranquilidad no estaba, sentía cada rincón de mi anatomía cediendo a este fenómeno de la naturaleza con la respiración muy agitada, mis pulmones contraídos y dilatados a la vez, mis narices absorbiendo todo el aire que podían, la endorfina a mil devorando mi cerebro y mis pies, mis pequeños pies, absorbiendo toda la frecuencia telúrica con un movimiento que podría definir como un montón de ondas de aire que se metían entre mis huellas dactilares y de ahí, iban directo a la cabeza, a mis pelos, a las raíces de mis pelos. Terminé con la piel de gallina. Sentí la presencia de un tío que murió hace tiempo, la sustancia del alma de mi abuelo sujetándome por los hombros con fuerza para que me siguiera afirmando del marco de la puerta, pero nada de eso sirvió, porque por dentro me sentí como si estuviera dentro de una pésima película de terror. Y eso que aún no había visto nada de lo que sucedía en el mundo exterior.

Yo estaba sin audífonos. Los uso desde que tengo dos años. Tengo una hipoacusia bilateral severa congénita, por lo que sólo me los saco para dormir, ducharme, bañarme en la piscina o tener relaciones sexuales. Lo del sexo, verás, es por un pito incómodo que de repente puede salir en medio del ritual y eso no es oportuno ni para mí ni para el otro. Pero bueno, estoy diciendo cosas que no tienen que ver con un terremoto, aunque en cierta medida sí. Quizás con el ruido habría sido peor. Más impactante. Más quemante, aunque aseguro que sin ello la experiencia fue igual de aterradora. Sentía la tierra hablándome bajo mis pies. Ahora, que ya pasó, tampoco estoy muy tranquila. Las réplicas entran por mis pies, por lo que esté con audífonos o no percibo de todas formas el mínimo movimiento que hace la tierra. Debe ser lo que presienten los perros o los animales salvajes antes del desastre. Quizás es el instinto de sobrevivencia. Un ciego lo sentirá de otra manera. Yo ví casi todo, pero siento a cada momento y cada instante corrientes terráqueas subterráneas. Quizás son imaginaciones mías, recuerdos sensoriales del momento más álgido del terremoto, pero no, porque ayer, en casa de una amiga, antes de una réplica que fue más menos a las 23 horas, no podría decir la hora exacta, mis pequeños dedos comenzaron a temblar y bastaron poco segundos para sentir la oscilación propiamente tal. Y me derrumbé. Pero el miedo pasó pronto. Creo que me he vuelto inmune al poder de la tierra. Y es por el silencio. Ese silencio que aloja en mi cuerpo desde que nací.

A veces pienso, qué hubiera pasado si, de haber sabido que habría un terremoto, lo hubiera esperado al aire libre, con los ojos vendados y sin audífonos. Probablemente la experiencia habría sido más aterradora. Después digo no, no puedes ser tan masoquista, aunque no se trata de eso. Tiene que ver con lo que yo llamo percepción. El sexto sentido de la percepción. Ese día, debería haber estado en mi departamento. Me había juntado con mis padres y mi hermana a cenar en la casa de ellos. Comimos sushi. Tomé un poco de vino. Ahora recuerdo que mientras me comía el postre pensé en volver donde vivo, acostarme y ver un dvd que había comprado en la calle. Algo me dijo que no lo hiciera. Algo me dijo “quédate aquí” y yo obedecí. La intuición nunca me falla.

Este es el segundo terremoto que vivo. El primero, el que antes era inolvidable, el de 1985, lo viví con audífonos puestos, ya que era de día, aunque debo reconocer que su potencia era bastante menor en comparación con los que uso actualmente. Mi hermana estaba recién nacida y todas las mujeres estábamos con ella, observando cómo mi madre la mudaba, mientras los hombres estaban en el patio, discutiendo acerca de la mejor manera de hacer la reja de mi casa. Sin embargo, debo reconocer que el susto no fue tan grande, más allá de ver magistralmente cómo caían los cuatro murallones que delimitaban el patio de mi casa con los otros patios. Recuerdo que fueron tiempos de alegría, porque mis vecinos eran todos niños y había un solo patio, uno gigante, en el que nos encontrábamos para jugar con neumáticos viejos y cachivaches que fueron apareciendo después del terremoto. Había hasta perros comunes. Juguetes comunes. Risas comunes. No había límites, era el paraíso para una mente infantil de una niña de nueve años.

Hoy, en estos días, el sentido de la vida ha cambiado totalmente. Tengo un alma solidaria y tremendamente sensible. Dejé de ver la televisión y leer los diarios, aunque internet lo reviso constantemente porque soy totalmente dependiente de la tecnología, Dios me perdone y siento, que esta experiencia, más allá de lo terrible que pudo haber sido, abrió la conciencia de mi país, esa conciencia de ser un país vivo, con unos que están preocupados de los más desposeídos y otros, cegados por la violencia y la desesperación de la sobrevivencia. Lo siento, lo percibo. Calmadamente, desde la punta de mis pies a mis raíces cerebrales.


3.2.10

Lo dijo ella mientras dormía

Me tienes escondida debajo de un sillón, en el sector más oculto de tu cama, en los desechos que dejó el gato afuera de la ventana. Me tienes encerrada en una jaula vacía, donde hay plumas antiguas de pájaros que ya no están. Me tienes metida en un castillo, con un candado enorme y doble llave para que la conciencia no te duela. Me tienes desnuda, amarrada en las alturas, y yo sólo veo todo demasiado pequeño mientras te jactas de tener todo bajo control. Prefieres ignorarme, hacer que no existo, borrar mis mensajes. Me enteré que te casaste. Ya sé que estás casado, lo supe de la peor forma: la forma que no salió de tu boca. Habría sido más fácil que dijeras la verdad, a sabiendas que pensaría en abandonarte para siempre. No puedo abandonarte, pero debo hacerlo. Dejar que vivas lo que tienes que vivir. Probablemente no te acuerdes de mí en este momento. Ya sabes estoy debajo del sillón, oculta debajo de la cama, afuera de la ventana, encerrada en una jaula vacía, metida dentro de un castillo, desnuda en las alturas, y quizás qué otras formas de volverme a mí invisible. Invisible para tu vida y los que están alrededor tuyo.
Ella se zamarreaba dormida, se golpeaba en la cara, incluso en un momento llegó a hacer un movimiento tan brusco que se pegó en la cabeza al chocarla contra la pared. Incluso le sangró un poquito Traté de calmarla, pero ella cerró los ojos para gritar, para maldecir dormida, para seguir llorando entre sueños. Fue imposible verla dormir en paz. Imposible. Fue catarsis silenciosa. De pocos ruidos, de pocos gemidos, de falsas esperanzas.
No obstante, hubo un momento en que se calmó, respiró profundo y comenzó a decir que sabía que a pesar de todo, a pesar de que se hubiera casado, a pesar de conocer perfectamente quién era la mina con la que estaba, tenía la fe absoluta de que en algún momento iban a estar juntos. Lo había visto, soñando despierta, viviendo juntos en una cabaña enorme en el sur de Chile, en el extremo Austral, se había visto con él, cocinando juntos, con el quiltro adoptado en la cocina, preparando tallarines con salsa. Había sentido, ella con el pelo largo y él con más canas, cómo posaban para una foto en que estaban los dos. Ella, con una enorme guata, su cabeza apoyada en el cuello girado de él. Los dos mirando a la cámara sonrientes, plenos, felices. Había visto un montón de cosas más. Había visto que él dejaba todo por ella, incluso, un día vio a sus dos hijos, ya crecidos viviendo un tiempo en la casa de los dos. Había sentido que varias noches al mes él aparecía en su cama y su alma se hacía presente en su cuerpo. Y era fuerte, porque despertaba al baño maldiciendo por un mal dormir.
Y creía firmemente en Erzuli, Loa del amor, que da el espacio y el tiempo para que los amantes se encuentren. Le rezaba todos los días, sentía el poder de ella dentro de los dos: "Erzuli, Loa del amor, haz que Fabio piense en mí de la misma forma en que yo pienso en él. Erzuli, Loa del amor, haz que su alma vibre en la misma frecuencia que la mía. El tiempo, nuestro tiempo, no pasará en vano". Y lo decía todos los días con tanta ansia que sabía que en el fondo de su corazón él la amaba, la amaba. De verdad. Amor tibio y apasionado, peligroso, escondido, pero tibio, como un acantilado del trópico, con corales en el fondo y un calipso seductor inundando la espuma de las olas.
Así me lo contó ella, a medio dormir. Así me lo contó ella, porque las mejores catarsis son las que hace una con una misma. Así me lo contó, porque necesitaba que la gente lo supiera. Que el amor de verdad existe, pero el único límite estúpido de la felicidad es la culpa inventada. No sabía cómo explicarle que el amor de los dos era algo de otros tiempos, de otras historias. Sabía que él lo sabía, pero sabía que él no lo sabía al nivel de ella, que lo había visto, lo había sentido y lo sabe perfectamente desde que se quemaron las piedras en el brasero y apareció la letra de su nombre y la letra del nombre de ella, perfectamente unidos por las cenizas en una pequeña piedra que tenía forma de estrella.
Despertó al otro día, con su camisa de dormir de verano, larga y transparente. Se fue a sentar al sol del alba y cerró los ojos. ¿Viste? siento su presencia, si lo llamo te aseguro que me escucha. Y así se quedó, largamente, mientras el calor inundaba su cuerpo y me decía: "Mójame con el agua de la mañana para despertar...y para limpiarme"