1.7.09

Repetición

Pulsa play en vez de colocar rewind cada vez

Pareciera que te gustan sólo los comienzos

Al avanzar a veces apretas pause

Y lo dejas presionado el tiempo que te place

Y si yo apreto el play

Avanzas en una velocidad demasiado lenta

De repente deberíamos poner fast forward

A ver si lo que viene te gusta más

Nada de pause ni stop

Una vez sacaste el cassette

Te olvidaste de mí

Pero lo recuperé antes que botaras la cinta

Lo que hace un lápiz bic, no?

Entonces te digo: Pulsa play en vez de colocar rewind cada vez

Pareciera que te gustan sólo los comienzos

Eres un adicto al pause

Tu vida siempre parece estar en pause

Nieve

Me regalaste un vestido de aluminio. Es un vestido largo, que me tapa los dedos de los pies. Es frío y me molesta al tenerlo puesto. Me lo mandaste de regalo en un gélido día de invierno, en que llovía en la cordillera y en mi casa nevaba como si se fuera a acabar el mundo. Era como una historia al revés, como si en vez de nevar tenía que llover y viceversa. Salí a caminar con el vestido puesto por las cuadras de mi casa. No me puse zapatos, ya que supuse que el frío sería tan intenso que me adormecería los pies y pronto dejaría de sentirlos. Con mi pelo muy corto y los labios pintados de rojo seguí dando vueltas en torno a mi casa. Ví una rama con unas hojas secas. Me las puse como pude en mi pelo y seguí mi camino. La gente me miraba como si estuviera loca. Se han olvidado que la locura es parte de mi vida. Llegué al paradero y esperé que pasara la micro. Le dije al micrero que la tarjeta bip se me había extraviado. No le importó, pues al verme con tu vestido puesto dijo que parecía una alucinación, de esas que le pasan cuando ha trabajado demasiado. Me fui con él adelante, en el asiento del copiloto. Compartimos más de un cigarro. Cuando llegué a la Escuela Militar me despedí de él con un beso en la mejilla. Aún recuerdo lo atontada de su cara. Fui hacia el metro y mucha gente se rió de mí. Algún estúpido buscaba una cámara de televisión. Le grité que esto no era un reality. Me dí cuenta que el aluminio ya no me enfriaba, sino que al contrario, estaba sudando a mares. Me bajé en la Estación Baquedano. Más mirones de la puta madre, que se jodan, pensé para mis adentros. Caminé las cuadras que faltan para llegar a tu casa, que no son muchas, pero que fueron suficientes para que mis pies perdieran la sensibilidad. Llegué a la esquina de tu edificio. Me conseguí un cigarro y lo prendí antes de entrar. El conserje me preguntó si no tenía frío, yo le dije “sí, mucho, pero no me importa, estoy condenadamente feliz”. Y subí las escaleras de par en par, saltando como un conejo enardecido porque ha llegado la hora de su zanahoria. Golpeé a tu puerta. Me abriste. Estabas en pijama. Sonreíste. Yo también sonreí. Me besaste y te respondí el beso. Nos preparamos chocolate caliente y nos fuimos a tu enorme cama. Dormimos toda la tarde, abrazados. Cuando desperté, el vestido se había roto y me dí cuenta que se me había olvidado ponerme calzones.

Tus manos

Las olas golpeaban el acantilado con fuerza. Eran olas enormes en una playa abandonada. Llegamos por casualidad, de tanto querer escapar del ruido de la ciudad. De pronto, me sentí sola y te lo dije. Me abrazaste por los hombros. En realidad lo que yo quería era sentir tus manos en las mías. Manos nudosas y peludas que me recuerdan las patas de un lobito. Manos enormes y protectoras que me recuerdan a mi abuelo. Manos grandes y tibias, que tienen un cierto perfume a perversión. Manos así. Manos de hombre. Manos suaves y cálidas, como una tarde de verano. Te pido que tomes mi mano y la agarres firme, que nos tiremos al precipicio. Estuve averiguando y el agua es lo suficientemente profunda como para no permitirnos morir.

Al otro lado del vidrio

Tú aguantabas el aire mientras yo había adquirido la capacidad de tolerar más minutos de mi respiración hasta el punto de acostumbrar mis pulmones a estar bajo el agua cada vez más tiempo, sin necesidad de salir a la superficie. Estábamos separados por un vidrio dentro de un enorme cubo que a su vez, tenía una pared de vidrio que marcaba el límite entre nosotros dos. Alguna vez tratamos de romperlo, pero fue imposible. Yo me había transformado en sirena y veía tu débil cuerpo una y otra vez aguantar el aire que quedaba para llenar de fuerzas tu cuerpo y salir hacia arriba cual pejesapo. Hasta que decidí que era mejor salvarte. Salté rápidamente a riesgo de perder mi cola y la vida al mismo tiempo. Me pasé al otro lado. Te abracé y besé en la boca. Era la única forma de mantenerte vivo y junto a mí.