16.4.09
14.4.09
Otro día
Cuando me saqué la polera en la noche y ví mi torso desnudo en el reflejo de la ventana con la cortina sin abrir, cerré los ojos, miré hacia arriba y sin terminar de sacarme la polera me dije que necesitaba tus manos sobre mí. Me acordé de la temperatura de ellas, de su textura, de la fuerza de sus nudillos y los pelos que la revuelven. Mi piel se crispó como si una brisa de hielo hubiera pasado por ellas. Luego, me dí media vuelta, me puse el pijama, bajé la cortina y me fui a ver la tevé.
3.4.09
La Orgía
Una silla. Dos sillas. Ella y yo. Eramos dos desconocidas que habían sido secuestradas o más bian raptadas, por desconocidos desde un bar de mala muerte. Desde que nos sacaron del lugar en que estábamos nos vendaron los ojos y no teníamos idea de lo que sucedió. Sólo sentimos. Por tres o cuatro horas o toda la noche sólo sentimos. No teníamos miedo. Más bien sentimos otro tipo de cosas. Ese tipo de cosas que se suelen sentir en situaciones de este tipo. No sé si me explico. Todo lo que digo no lo hicimos, lo sentimos. No lo vimos, lo sentimos. Nada más. Ese tipo de sentidos.
Me sentaron en una silla bastante cómoda. No, no era una silla, era un sillón de piel de algo, algo artificial, como plush o imitación de terciopelo. Suave, mullida, tibia. La espalda se situaba cómoda y los respaldos para los brazos también. Alguien fumaba y me dio de su cigarrillo. Tienen que haberme observado bastante rato en el bar. Era la única forma en que supieran que fumaba. Luego, un dedo me pasó vodka por la boca. Se sentía ácido y amargo a la vez. Con mi boca traté de capturar todo el sabor en ese segundo. Luego, un silencio. No me asusté. Una mano de hombre me paró y procedió a desvestirme como si fuera una inválida. Al estar completamente desnuda me anudó de las manos y las piernas. Creo que a la otra persona le hicieron lo mismo.
Pasó un largo rato. Pasos, más pasos, gente que se sentaba. Percibí oscuridad. Gente que se acercaba. Calor humano.
Manos que tocaban. Manos abiertas, cerradas, puños, manos de aire, de algodón, de cemento, de tierra, de volcán. Manos de mujeres, manos de hombres, uñas largas y traidoras, uñas cortas e inocentes, en definitiva manos en todas partes de mi cuerpo. Manos en mi boca, en mis brazos, en mis piernas, en mi entrepierna. Manos extrañas en mí.
Luego, fueron lenguas, lenguas sobre mi. Lenguas de reptiles, de humanos, de ángeles, de perros, de demonios, de vampiros, de nerds, de solitarios, de hombres lobo, de nieve, de primavera, de egocéntricos, de sicóticos, de payasos, de ruidosos. Lenguas en mi boca, en mis brazos, en mis piernas, en mi entrepierna. Lenguas extrañas sobre mí.
Cuando esto terminó me colocaron arriba de una cama y alguien roció agua sobre mi cuerpo. Agua que tenía olor a canela. Me lavaron por todas partes y luego procedieron a encremarme de los pies a la cabeza. Como a un bebé, pero siempre con los ojos cerrados y vendados.
Me vistieron y me dejaron en el mismo bar, con la misma persona con la que estaba.
Nunca más supe de ellos.
Un día, caminando por el centro, reconocí mi cuerpo en la carátula de una película pirateada. Decía que era cinearte. La compré. Llegué a mi casa, la inserté en el reproductor de DVD y pude ver que efectivamente nos grabaron todo el tiempo. Las manos, las lenguas, el baño, la canela.
Lo único extraño fue que en la última imagen ví la cara de un ex novio. Pero nunca estuve segura si realmente era él o fue sólo imaginación mía. Lo otro extraño que pensé, luego de ver la película, era de qué manera la fama a veces puede llegar como un juego.
TrancEnsangre
Lluvia roja. Lluvia que cae de a poco, lluvia que sube y baja. Lluvia que sube del suelo y cae del cielo. Lluvia. LLuvia. Esa cosa roja que salía de mi cuello, de un pequeño agujero envuelto en vísceras, músculos y cuanta membrana biológica y humana existe, eso era. Lluvia de mí, lluvia roja que caía de mí. Me había transformado en un zombie. Era una zombie, que caminaba desnuda por la ciudad. Desnuda, con esa lluvia roja cayéndome por el cuello, empapando mis senos, arrugando mi guata, poniendo sedientas mis piernas, perdidos mis pies, anulados mi sexo y mis sentidos. Todo en una dirección inconexa que hacía que la gente se agrupara en torno a mí y esperara la llegada de las cámaras de televisión. Y se daban cuenta que no era un espectáculo, sino que simplemente lo que yo había decidido hacer un día cualquiera por culpa del aburrimiento de mí misma. Hacerme un hoyo en el cuello y dejar que la sangre fluyera. Y una vez que esa sangre se derramaba por mi cuerpo, recogerla con mis manos y ponérmela en el pelo, en la cara, en los brazos, como completando el acto. Y el dolor, ese dolor insoportable. Me hacía cerrar os ojos y querer sentir más sangre sobre mí, mucha más sangre sobre mí. Más, más y todavía más. Hasta que fuera necesario un grito para pararla. Y el grito no ayudó a pararla, el grito forzó el agujero del cuello y éste se hizo más grande, y más sangre salió y más río se volvió sobre mí y ese río cansó mi mano que quiso parar el chorro del agujero. O sea, todo así y ser y no siendo. Todo ahí, pero sin ser ahí a la vez. Toda mi sangre era toda mi mierda que estaba saliendo afuera para no volver. Era mi muerte. La muerte de mí. Mi renacimiento.
Desperté tres días después. Con una enorme cicatriz que me pesaba y me dolía. Una enorme cicatriz que estaba ahí. Y me saqué la costra y vi piel nueva. Mi cama estaba manchada de sangre, mi pieza, el baño, la cocina y hasta la escalera que está fuera del departamento. Volví al baño después de ver todo el desastre en sangre que había causado mi trance. Y ahí, me agarré del lavamanos, miré mi cara fijamente en el espejo, observé mis ojos tratando de invadir mis pupilas y luego, al tratar de romper el espejo, algo saltó de adentro y me llevó a la oscuridad, que es donde resido ahora, con una pequeña luz que cada día crece de a poquito.
Entre paréntesis, no sé donde estoy. Me abducieron de mí. La sangre era mi trance.
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