10.11.08

Mis pequeños soles

Siento alas batir sobre mis espaldas todo el dia y en la noche también. Escucho canciones agradablemente extrañas en mis oídos. Un ser invisible pasa sus manos por mi cuello. Cierro los ojos, me relajo. Ellos están conmigo.

7.11.08

Desiderata

Las palabras extrañas salieron de mi mente hacia afuera, como un laberinto roto por una estampida de cemento mágico, que destruyeron las esquinas de mi cerebro, rompieron mi encéfalo, provocaron la huída de mis neuronas y el escape de mis pensamientos. Provocaron un coma cerebral, que empezó a las dos de la mañana del 27 de enero del 2009 y terminó el 15 de abril del 2020. Cuando desperté nada era lo mismo. Todos seguían igual, pero nada era lo mismo. Es lo que llaman la inconmesurabilidad de las enfermedades. La desmesura de los sucesos, la trampolinidad de lo terrible, porque todo lo que avanza hacia afuera puede avanzar hacia adentro. Se me fueron los sueños y las pesadillas. Sólo estaba despierta encima de mi cama, mirando el techo. Antes de irme a dormir en esos tiempos, una grieta que no existía había aparecido.

4.11.08

Untarte con crema

Me pongo aceite emulsionado en las manos. Una abundante cantidad. Vierto el aceite sobre tu espalda y te quejas porque la crema está fría.
Hace calor, estamos debajo de un árbol y rodeados de cerros.
Esparzo la crema sobre tu cuerpo y puedo sentir tu piel, un poquito dura debajo de esos pelos. La piel se va soltando de a poco.
Miro tu cara y observo que no te relajas. Te cuesta. Tienes los ojos abiertos.
En un primerísimo primer plano estás viendo los pastos que están a la altura de tus ojos.
Siento las vértebras de tu columna. Las masajeo una a una.
Siento como debajo de tu cuello y a la altura de tus hombros tienes pequeños nudos. Los apreto. Gimes. Te pregunto si duele. Me dices que sí. Ahora masajeo más despacio, con la yema de los dedos. Suavecito, pero persistente. De a poco se deshacen los nudos.
Coloco crema en tu cuello. Se ve tan frágil. Se siente frágil. Siento ganas de apretarte el cogote, pero silenciosamente me río y prefiero hacerte un masaje suavecito ahí. Despacito, luego un poquito más fuerte.
Despliego mis manos con toda libertad sobre tu espalda. Subo, bajo, amaso, apreto, suelto, subo, bajo, amaso, apreto. Coloco las palmas de mis manos con toda la presión posible sobre tu espalda. Lo hago de arriba a abajo. Una y otra vez.
Duermes.
Estoy feliz.
Alguien nos observa.
Termino.
Ahora mis manos están suaves y tu espalda también.
Suave y encremada.

3.11.08

Resentimiento

Yo ya no quería nada, así que me vestí de negro y pesqué mis maletas. Me fui en el último tren de la tarde para no volver...