6.9.07

Así no

Los laberintos se crujen entre ellos. Hacen peleas invisibles y luchan por destruírse los unos a los otros. Los laberintos del alma son los más violentos, los que te carcomen la lucha interna porque a falta de corazón es mejor enredarse en el cerebro. Y así, las neuronas comienzan una batalla que es destructiva y mortíferamente veloz. Un pedazo de cerebro que llega a los rincones escondidos. Dentro de esos laberintos hay un monstruo que se destruye con los sueños, que se transforma en una víbora rosada con dientes tan inocentes como mortales. La idea es no dejarse atrapar. Simplemente dejar salir al monstruo para que el cerebro se quede en paz y todo avance como tiene que suceder, desde la mañana a la noche, desde la desidia del aburrimiento al placer del movimiento cerebral.

Tu escalera blanca

Es de ese color porque representa la blancura de la inteligencia, aunque a veces tiene sombras que muestran lo oscuro que hay en tí. Avanzas a mi lado y yo miro al frente, tratando de colocar los pies de la manera más perfecta posible y mirando de reojo a ver si tus ojos se cruzan con los míos.
Tu escalera tiene peldaños curvos, que a veces me confunden y me fascinan. Tu escalera tiene pequeños hoyos de espuma que llaman a soñar. Tu escalera tiene mecanismos de tortura escondidos, que sólo se activan cuando tienes miedo. Le tienes miedo a tus propios miedos. Se nota cuando se agacha la cabeza en torno a algún comentario determinado. Y te defiendes con los ojos, mirando fijamente a tu contendor, tratando derribarlo con tus pupilas. La mayoría de las veces lo logras, pues tus pupilas son fuertes y tu iris tiene un aura que sería capaz de matar a un insecto en un lugar equivocado. Pero me gusta tu escalera, es distinta a todas las que he conocido. Es tu mundo, que a veces se cruza con el mío en una mezcla agradable.

Mata de pelo de hiena

Me quiero hacer un mechón rojo. Un solo mechón que comience de la raíz hasta la punta. No importa que se me queme esa porción de pelo que tendré que someter al blondor y luego al color rojo más intenso que exista en la carta de colores de la peluquería. Será en una porción capilar que adorna mi frente. No una chasquilla, pero sí el mechón que parte del medio de mi cabeza, porque tengo una partidura que se me quedó marcada desde que era niña, cuando me hacían chapes para ir al colegio que me dejaban la cara de china. Me gustaba que me quedaran bien tirantes.
Es que tengo que sacarme una rabia. Una ira que tengo dentro que se irá en el proceso del teñido. El mecanismo en que funciona esta especie de ritual es parecido al proceso del tatuaje, es decir, mientras te dibujan lo que quieres para siempre en algún pedazo de piel, estás en un determinado momento de tu vida, en el que ese símbolo significa algo importante para tí.
Pero sacarse algo de encima implica un proceso que a veces no se da en la realidad, sino que hay que “cosificarlo” para que tenga sentido, es decir, desde que te ponen el blondor hasta que observas el mechón seco y peinado con el rojo furioso, mentalmente se van echando hacia afuera todo eso que quieres sacar. Y te liberas. Y te evitas confusiones.
Es lo que llamo rituales personales. Los míos están relacionados con la peluquería. Una vez estaba muy mal y me teñí rubia, con cientos de mechones decolorados. Me sentí muy bien, pese a la plata que se paga. Es importante hacer el trabajo mental.
Me lo haré pronto. No puedo tener esta rabia dentro de mí.
Es importante estar bien con uno mismo y con la vida, el destino y la energía que te rodea.

Pequeño verso

Hace días que no recuerdo lo que sueño
Hace días que no recuerdo
Hace días mi almohada está vacía
Quizás no hay nada que decir
Quizás no hay nada
Quizás no.