2.5.07

Quiero estar perdida en Tokio


Pasada la medianoche.
Un día sábado.
Nada que hacer.
Lost in Translation.
Me agarra la película, ya va en la mitad.
Bella la Scarlet Johanson y entrañable Bill Murray.
Amo esta película.
La vería mil veces.
Los que no la han visto aprovechen de arrendarla o pillarla en el cable.
Me gustaría perderme en Tokio, ser la protagonista y descubrir que mi vida tiene otro sentido más allá de la rutina. Con un novio fotógrafo que me ignora. Me quiere, pero me ignora.
Una escena memorable: la Scarlet y el Bill están en una cama. Parece que los dos duermen. Hay un plano desde arriba que los muestra acostados. De pronto, uno de los dos acaricia el pie del otro. Y se quedan así. Nada más que dos pies tocándose. Un amor tan puro como imposible. Dos perdidos que se encuentran en un lugar nada que ver con sus vidas.
No se la pierdan. Tiene la misma nota álgida de Las Vírgenes Suicidas, de la misma directora, Soffia Coppola.
Como amo el cine.
Se puede volar gratis.







¿Estertores?


Hace unas semanas fui a ver una obra de teatro en el Barrio Lastarria. Típico día domingo, en la noche, a las 20 horas. En Lastarria 90, el teatro de Luciano Cruz-Coke. “El saltamontes que me fascina” como dice mi madre. Tres actores, tres personajes. La obra se llamaba Estertores. Me tincó por el nombre. Una palabra rara que significa huellas, recuerdos, entre otras cosas más. Debía ser una obra compleja, profunda, de esas que te dejan pensando, según yo.
Nada de eso. No. Nada. No me entró ni me salió por ninguna parte. Simplemente se fue.Algo sin pena ni gloria y debería haberme gastado la plata en otra cosa. El otro problema es que como sé de teatro, al ver obras como que empiezo a analizar la luz, la puesta en escena, la actuación, el movimiento, los detalles, las emociones.Se supone que uno va a disfrutar, o a recibir mensajes, lo que sea, pero la cosa es que nada de eso me gustó.
Más encima la obra comenzaba con la proyección de las primeras imágenes de la película Disney Blancanieves y luego aparecía el Príncipe Azul en la realidad de la obra para luego ver a una siquiatra que analiza la problemática del amor de pareja. Y una relación lésbica que nunca se mostró o ni siquiera se insinuó de la manera correcta entre una mujer y la supuesta siquiatra. Y el Príncipe que era mostrado como un tipo incapaz de asumir sus sentimientos (típico de varios XY) pero que igual dejaba a la mina y ella se volvía loca por ser incapaz de superar esta pérdida.Y se mataba al final y ni la siquiatra la pudo salvar. ¿Tan maligno y enfermizo es el amor o las consecuencias de un despecho? Antes la mina tuvo que haber tenido algún problema mental no detectado. Porque no era la historia de Romeo y Julieta.
Habían frases profundas y conmovedoras que fueron dichas de manera light. Habían frases que podrían haber remecido el corazón del espectador que fueron sacadas de contexto. No sé, definitivamente no, aunque la idea era buena, pero todo depende del darle forma.
Pienso que nunca se debe olvidar que al momento de hacer teatro hay alguien que nos va a ver, que va a recibir el mensaje, que nos va a escuchar y espera ver algo que les refresque la mente y los sentidos. El teatro no es pasajero y creo que, aunque hubiera comedia, debiera tratarse siempre pensando más allá de la cuarta pared. Los actores somos parte de un mundo paralelo, pero también somos la realidad misma de quienes nos observan. Ni muy acá, ni muy allá. Ni siquiera siendo personaje.
Creo que de todas maneras está bien eso de ver nuevas tendencias y abrirse a contenidos nuevos y compañías experimentales. No todo lo que uno ve tiene que ser de calidad, pero debiera ser así. Al menos como un mandamiento para todos los que hacen teatro.








Mi equilibrio espiritual

Dios no es una iglesia. Dios no es una estampita. Tampoco rituales realizados por curas a los que no les creo nada. Dios es uno mismo. Dios está dentro de uno. Cada uno de nosotros tiene un equilibrio espiritual que se puede resolver por la conciencia. Por la apertura de mente y del alma. Dios toma forma en nosotros y nos permite lograr lo que queramos, siempre y cuando no dañe a los demás. Dios es una luz, una eterna luz que nos ilumina el cuerpo y el cerebro. Dios eres tú y todos los demás. Dios nos da las alternativas para ser felices. Todo lo que creamos puede tomar forma directa si creemos en Dios. Y hay que tener fe. Y no quejarse. Y seguir adelante porque todo se puede cumplir si queremos hacerlo.
Me crié en colegio católico. No Opus Dei, pero sí católico. Odiaba al rector y ahora ya no, pero su presencia me era desagradable. Soy bautizada e hice la primera comunión. No quise confirmarme. Con la fe que tengo me basta y me sobra. No me gustan las iglesias. Tampoco las capillas. No me gusta esa imagen del Cristo sufriente en la cruz. Tampoco los estaciones del Vía Crucis y la Semana Santa. Prefiero a mi Dios, ese que está dentro de mí, que me ilumina y me protege. Es el Dios de la energía divina.Es el Dios que hace el bien. El Dios que no muchos han descubierto todavía.
Creo en el poder superior de El y en los ángeles. Creo en la vida buena y en las almas buenas también. Creo en el I-Ching, en la adivinación del futuro y en los sueños. Sobre todo en los sueños, porque te dicen más de lo que quieres saber aunque la clave está en descifrar los códigos. Me gustaría ser experta en adivinación de sueños, aún así, cuando despierto y me acuerdo de alguno trato de ver qué significa. Para cada uno es distinto.
Y ahora siento que Dios está conmigo. Dentro de mí. Me ha costado tan poco escribir esto.



S.A.T


Estoy con síndrome. Síndrome de abstinencia. Síndrome de abstinencia teatral. Me siento enferma, porque sé que no lo estoy. Me siento rara. Tengo la mitad de mi cerebro paralizado. Tengo sed. Fumo más. Tengo en pausa la creatividad que pulula en mi mente. Está. No se ha ido. No es ausente, pero no sale. No tiene vía de escape.
Soñé con mi profesor el otro día. Armaba fotografías en un escenario a contraluz. Y salían miles de imágenes de mi cabeza, que formaban este sueño confuso y a la vez agradable. Me veía en contraluz, con otro compañero, pintándome los labios mientras él se afeitaba. Y mi profesor seguía dando órdenes. Seguía ordenando todo mientras los movimientos fluían. Eso es lo que necesito. Me hace falta actuar para despertar esa parte de mi cuerpo que se duerme y que necesita ser removida, remecida cada cierto tiempo. Necesito expulsar mis demonios, liberarlos, que se adueñen de un personaje y que éste tome vida.
Necesito calmar esa sed. Necesito ser adicta al teatro. Necesito perder esta etapa de abstinencia. Necesito retomar el ritmo de crear un personaje, darle vida y que a la vez muera. Necesito revivir. Necesito que esta pausa se quiebre. Necesito moverne en un espacio, demostrar emociones, en definitiva, vivir.
No puedo estar sin pensar que quizás un escenario es la forma más inaudita para desarmar a una persona cualquiera. En el escenario estás desnudo, te sientes desnudo, te abres a tu público y te entregas a él. La cuarta pared a veces te separa, otras te une y la mayoría de las veces es un límite frágil entre la realidad y la fantasía. Mi vida tiene muchas facetas, pero una de ellas es el teatro. Así como escribo, mi voz a veces tiene que gritar, desahogarse, reírse, llorar, imaginar. Mi cuerpo también. Mi cuerpo baila, se mueve, se delimita a sí mismo en un hacer y deshacer de emociones. Mi cuerpo es agua dentro de un vaso. Mi cuerpo es una taza de café que necesita ser tomada para luego darle forma y así encuentre su lugar en el espacio. Mi cuerpo es energía. El teatro es energía. El teatro es un fenómeno inexplicable que se adueña de mi mente. Cuando uno sueña, es actor de sus propias fantasías. Cuando uno muere en un sueño, en realidad lo que sucede es que ese personaje que estaba escondido en ti sale a la luz y se manifiesta por el inconsciente.
No estoy loca. Estoy consciente. Hay cierta cordura que en ciertos momentos se escapa de mí, pero eso no quiere decir que he perdido la conciencia. Estoy viva. Más viva que nadie. No creo que esta parte en mí muera. Amo el sacrificio del teatro, amo su creatividad, amo a la gente que lo hace y que vive de ello. Amo a los escenarios y amo la humildad que se necesita para dar lo mejor de uno sobre él. El escenario es sangre. El escenario es un pelícano que te absorbe la sangre para sobrevivir. El escenario es la mente de Calígula. El escenario es una mano que te desgarra el cerebro y que al mismo tiempo te lo deja latente para que vuelvas a crecer, a nacer, a desangrarte y seguir vivo. Con un mundo que se mueve. Un mundo en el que tú te mueves también. Un mundo necesario.
Y sigo con abstinencia, aunque debería acabarse pronto. Señor profesor apiádese de mí. Deme el camino que necesito hacia la luz. Nunca tanto. Pero necesito despertar. Sé que tengo mucho que entregar y estoy dispuesta a seguir ese camino. Sacrificio, sangre, sudor y lágrimas. Entrega, por sobre todo entrega. Si no nos entregáramos en el escenario nada del esfuerzo hecho valdría la pena.